Marcaje personal
Tocaron a la puerta. No abrimos. Ese día traías la misma blusa blanca. El mismo uniforme de falda azul. Salimos de la clase de diseño y nos dirigimos al café. Nos desviamos un poco porque me pediste acompañarte a ver unos tenis para el gimnasio. En la tienda tomaste tres pares y te los probaste dos o tres veces cada uno. A mí todos me parecían bien. Yo tomé unos para mí y también me los probé. No compramos nada, aunque si hubiera tenido dinero los hubiera comprado todos. No hay mucho que pensar. Las restricciones son otras. Tú decías que no se puede tener todo en la vida. Salimos de la tienda, tu por delante, yo dos pasos atrás. Tu falda era larga, cubría la rodilla, y a mi me encantaba ver la parte trasera de tu pierna cuando dabas un paso hacia delante. Eras tan blanca y esa várice verdosa que no dejabas ver a nadie, me enloquecía. Fuera de la práctica de fútbol, no había otro momento en que enseñaras las piernas. Pero la amistad bastaba de pretexto para que yo si pudiera verlas. La última vez fue para decirme que te habían pateado en la final. Yo te abracé como a mi hermana pequeña y percibí por primera vez tu olor a fruta. Nada fue igual desde ese momento. Me alejé inmediatamente. Tu caminar despreocupado hacía erupción en mis vísceras. Y más era mi resistencia a verte de esta forma. No fuiste mi primer amor y sin embargo, todo era tan fuerte, tan distinto. Notaste mi lejanía y creo, sufriste como yo; no querías perder la amistad de tantos años; de la niñez. Pero fue temporal. El alejamiento sólo me confirmaba mi necesidad de ti. Así que regresé sin esperar que me lo pidieras.
Una barrida en el partido del sábado te dejó lesionada de nuevo, y ya no podías caminar, pero estabas feliz de no haber permitido la anotación. Te cargué hasta la banca, y a pesar del dolor no te quejaste, solo te sostuviste con fuerza colgada de mi cuello. Pude sentir tus pechos tocándome la espalda. Palpitaban una y otra vez y tú jadeabas. No tenías aire. Te acerqué el agua y bebiste desesperada. El agua se escurría por las comisuras de tu boca y yo seguí con los ojos el río silencioso que se filtraba por tu camisa hasta tocarte, ahí, donde esa agua se evaporaba de mi vista. Todos eran focos rojos. Las cosas sencillas al ser tocadas por tu imagen se transformaban, y dejaban de ser cosas de Armida; se hacían cosas nuestras en mi cabeza. Los trabajos de equipo, las desveladas en el estudio de mi casa. Llegamos a tu casa y ya podías apoyar ambas piernas, así que lamenté no cargarte más, no sentir en mi espalda tus pechos, ni tu calor, ni las palpitaciones del cansancio. Te desplomaste en tu cama boca abajo mientras yo te quitaba los taquetes. Estabas exhausta. Tus pies más blancos y marcados por esas calcetas azules me revelaban el tatuaje de tu tobillo que me excitaba tanto, como la rama verde de atrás de tu rodilla, ahora ambos visibles. Te abracé mientras te despojaba de tu playera sudada y cálida. La número 11, Defensa central. El ritual de tantos fines de partidos, algo cotidiano. Y ahora yo me despejaba de la mía. La 9, media de contención. No dijiste nada, nada. Yo esperaba que reaccionaras, que me apartaras, que me golpearas. El encuentro de nuestros pechos fue el estigma, la señal delatora: la tarjeta roja. Y sin embargo ese pequeño detalle, no detuvo las ganas. A pesar de tus dudas, a pesar de tu pudor, a pesar de tu nula experiencia. Te sabías mía y literalmente no habías sido de nadie. Desabroché el sostén y esos pechos apretados antes, se desbordaron frente a mí, se postraban sin más protección que tus manos pequeñas intentando taparte inútilmente. Me hinqué frente a tu blancura y cerré los ojos. Tu permaneciste inmaculada, sin sonidos, sin gestos, sin respuesta... Mis pestañas ahora acariciaban tu vientre de arriba hacia abajo, y un leve movimiento hacia atrás me indicaba que te apenaba, pero no te quitabas. Yo seguía bajando mi cara ciega hasta que intercambiamos los papeles, y ahora tú acariciabas mis mejillas con el vello rizado, esponjado, dulce, suave. Tomaste mi cara con ambas manos y me hiciste subir hasta que mi boca se detuvo en el hueco de tu torso, sentí de nuevo las palpitaciones, el jadeo, y cómo se erizaron tus pezones. Tu respiración se aceleró, mientras yo me adormecía en tu olor fresco, combinado con el olor de mis manos que dejaste acariciaran tu humedad. No había más sonido que el silencio de ambas manos tocando todo. No se escuchaba más que respiraciones agitadas que sofocamos sincronizadamente: yo devorándome tu pezón izquierdo; tú, cerrando los ojos. Mientras una voz atrás de la puerta preguntaba. ¿Armida, Diana están ahí?.
Entonces despertaste. Y ya no éramos los mismos. Repentinamente te volviste la otra de antes. Tus ojos dibujaron una mueca que jamás había visto. No era miedo. Vi asco en tu mirada y lo último que recuerdo es que me aventaste tan lejos como pudiste. Ya no pude pronunciar palabras, y ni siquiera me acongojaba saber que tu madre estaba afuera esperando. Abrí la puerta mientras escuchaba tus gritos secos: ¡Fuera! y cada palabra se me clavaba en la espalda, mientras daba otro paso más.
–Vete, de una vez-.
Y aún ahora siento cómo tatuaste esa palabra en mi espalda. Porque jamás regresé. Ya pasaron varios meses y el exilio fue extensivo. Abandoné todo. Los grupos de la escuela, el equipo de fútbol, y mi lugar ahora es la esquina izquierda del salón por donde nadie tiene que pasar. Estudio sola. Nada ha cambiado en realidad, sigo estando sola como al principio, y encerrada en este cuerpo que tanto me estorba. Vuelvo atrás del día del grito tras la puerta y recuerdo tu torso y tu cara de todo, menos asombro… y siento de nuevo tu calor en mi cara. Y creo que te pasa lo mismo, estás encerrada en ese cuerpo que te protege y crees que negándote a ti misma estarás bien. Y yo aquí estoy deseando que despiertes de nuevo, que cada fin de partido te grite, que ese buscar incesante del hombro fuerte que te acompaña, de quién te quite los zapatos, y quién sepa en qué parte de ti sigues siendo tú, solo lo tenías conmigo. Y tú seguirás escondiéndote como esa rama verde de tu pierna que yo tanto amé. Y será entonces cuando entiendas porqué he tatuado en mi pantorrilla izquierda tu marca.
Hoy nos topamos en el pasillo. Me viste a los ojos. Los clavaste con odio. Y en lo angosto de ese pasillo cuando ya no nos veíamos, cuando mi hombro rozó el tuyo y nuestras miradas se dirigían al lado opuesto, entendí que ya no había nada más que decirnos; y que el único lenguaje posible lo mantenían a lo lejos y en silencio nuestras piernas, que sonreían; con esa mueca verde que ni tú ni yo entendemos.
Ki-rasema
Bienvenida
..Solo quiero ser libre.. por hoy
domingo, 9 de diciembre de 2007
Ahi va... el cuento..
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